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martes, 15 de noviembre de 2016

Los Castaños de Escondelobos (Casas del Castañar, Cáceres).


Aquellos vecinos de La Asperilla que en el siglo XV, cansados de vivir continuamente a caballo entre el pueblo y las fincas de castaño de la sierra, decidieron quedarse a vivir en los sequeros de castaños, fueron los fundadores de las Casas del Castañar. Pero sería injusto no reconocer que los verdaderos promotores de aquello fueron los castaños. Castaños entre los que se contaban los Castaños de Escondelobos, que ya por entonces debían ser unos ejemplares de porte majestuoso.

Si a los vecinos de Casas del Castañar las cosas le fueron bien y el pueblo creció, hasta el punto que La Asperilla terminó por desaparecer, a los castaños las cosas le fueron mal. La enfermedad de la tinta acabó en 150 años con más del 90 % de los castaños de la sierra. Dejaban el hueco al que sería la futura estrella de la comarca: el cerezo.


Los Castaños de Escondelobos ya tenían 300 años cuando nacieron las Casas del Castañar, forman parte del 10 % de castaños que superaron la tinta y a punto estuvieron de ser apeados para hacerle un hueco a los cerezos. Hoy están protegidos como Árboles Singulares de Extremadura. Deberían ser venerados, pero qué poca gente los conocía y valoraba hace tan sólo 15 años.

miércoles, 15 de agosto de 2012

¿ESPÍRITU OLÍMPICO?


El mayor logro de los JJOO es haber convertido un acontecimiento deportivo en una mezcla de pura competición y ñoñería navideña. El espíritu olímpico, la camaradería, la deportividad, el esfuerzo, etc. Es como si las monjitas de la madre Teresa de Calcuta decidieran probar sus habilidades deportivas. Algo que en realidad sólo dura dos semanas cada cuatro años, pero que es tiempo suficiente para que una persona simple como yo se enganche a ellos como un bobo y disfrute con disciplinas deportivas cuya existencia apenas conocía (¿cómo explicar que soportara un partido de ping-pong entre dos chinos enloquecidos?). Ese es el gran triunfo de los JJOO.

Luego cada país organizador decide que sus juegos serán los mejores, porque en el fondo ellos saben hacer las cosas mejor que nadie. En concreto, estos pretendían ser los juegos más sostenibles.



Por eso estos JJOO me han deparado una desagradable sorpresa casi al final de la competición, algo que jamás me habría esperado de los ingleses, conocida la buena mano y buen gusto que este pueblo tiene para la jardinería (el famoso greenfingers que tanto admiro).

El caso es que estaba tranquilamente disfrutando de la prueba masculina de bici de montaña, un circuito con unos obstáculos artificiales de roca primorosos, magníficamente trabajados, buscando la naturalidad como sólo saben hacer ellos (aunque una gran roca estaba mal calzada y se movía ligeramente al pasar los ciclistas). Los ciclistas entran ahora en un tramo con árboles viejos, la pista se empina y llega una curva muy cerrada con gran desnivel, ¡qué bonito!, cómo lo solventarán los paisajistas ingleses…

Justo en el punto de mayor esfuerzo, donde la tracción de las ruedas con tacos es máxima, los organizadores han decidido que esas ruedas pasen por encima de las raíces de un viejo árbol muy cerca del cuello, esas mismas raíces superficiales que son las más importantes para su supervivencia. Me imagino los daños que las ruedas de unos 50 ciclistas en plena competición pueden hacer tras pasar 7 veces sobre esas raíces. Seguramente pasarán los JJOO, se desmontará el circuito y todo permanecerá en orden. Llegará el otoño y ese árbol tirará todas sus hojas. Pero no me extrañaría nada que la próxima primavera ese viejo árbol se muestre puntiseco en varios sectores de su copa. Como nadie ya recordará los JJOO más sostenibles, todo se achacará a la edad de ese árbol: “Vaya parece que el abuelete está empezando con los achaques”. Es el eterno problema de comunicación que tienen los árboles, no gritan y sus reacciones son lentas.

martes, 3 de julio de 2012

EL HAYA (Fagus sylvatica) EN EXTREMADURA.

El haya de Herguijuela de la Sierra, Salamanca.
3,60 m de perímetro de tronco a 1,30 m


Los hayedos son uno de los bosques dominantes de la Europa templada, unos bosques monótonos dominados casi exclusivamente por el Haya (Fagus sylvatica), que allí donde la especie encuentra su óptimo no permite prosperar más que a unas pocas hierbas y helechos. Pese a su actual importancia no dejan de ser unos recién llegados, ya que sólo después de la recuperación climática tras las últimas glaciaciones se produce su expansión.

En la Península Ibérica se ha podido reconstruir bastante bien su expansión gracias al estudio de las turberas, así hace unos 4500-4200 años los bosques de haya cruzaron los Pirineos, hace unos 3800 años ya había hayedos en la Cordillera Cantábrica y hace unos 3200 años ocuparon el Sistema Ibérico. Algo más complicado de cuadrar resulta el hecho de que en el Sistema Central oriental los datos más antiguos de haya sean de unos 3700 años (dado que esa edad es la del nivel más profundo en la turbera estudiada se trataría por tanto de una edad mínima). Esto podría dar la razón a los que opinan que las hayas ibéricas meridionales proceden de antiguos refugios locales surgidos durante las glaciaciones y así los pequeños bosquetes actuales de hayas del Sistema Central serían los restos de aquellas pequeñas poblaciones relictas. Siguiendo esta teoría, la instalación de la sequía estival con el cambio climático debió frenar el imparable avance de los bosques de hayas centroeuropeas hacia el sur peninsular (hayas que a su vez procederían de los bosques refugio que se mantuvieron en las penínsulas del sur europeo durante las glaciaciones).

Está claro que las hayas forman parte de la flora del Sistema Central oriental desde hace milenios, podría darse el caso de ser incluso más antiguas que buena parte de los hayedos pirenaicos o cantábricos.

Siendo un chaval me asombraban los hayedos de Madrid y Segovia: Tejera Negra, La Quesera y Montejo de la Sierra. Tan bonitos, tan distintos y tan famosos. Pasó poco tiempo para que empezara a preguntarme porque no había hayedos en Gredos y así, cada vez que veía un lugar en el Valle del Ambroz, el Valle del Jerte o la Sierra de Gata con abedules, serbales, tejos y acebos, me imaginaba que las hayas podían haber estado allí alguna vez.

Durante años mi única esperanza fue la famosa haya solitaria de Herguijuela de la Sierra, que aunque se encuentra en Salamanca está muy cerca de las Hurdes cacereñas. Se trata de un buen árbol que tendrá sus doscientos años y está en una pequeña vaguada junto a un arroyo con algún acebo. Era tan poca cosa que ya lo había dado por perdido.

Pero he aquí que el Grupo de Investigación Forestal de la Universidad de Extremadura, dentro de un proyecto con especies relictas amenazadas, se puso a estudiar turberas del Sistema Central cacereño. Como en el mejor de los cuentos en una de las turberas mejor conservadas de la sierra de Béjar cacereña aparecieron restos de polen de haya. Parece ser que el haya es una especie que produce poco polen y tiene una baja capacidad de dispersión, por lo que suele estar infrarrepresentada en los estudios polínicos. Su aparición en la turbera se asocia a una fuerte etapa de deforestación durante el período visigodo (estos bárbaros del norte fueron los grandes especialistas de las quemas controladas), esto según los investigadores podría indicar que en esa etapa resultó más fácil que el polen del haya llegara a la turbera por falta de arbolado que lo frenara, pero no descarta su presencia anterior en forma de pequeños bosquetes que no dejaron rastro en etapas anteriores o posteriores.

Cuándo desaparecieron aquellas hayas será difícil de determinar pero, como ya comenté hace tiempo, hasta la Edad Media en esta zona los abedulares se conservaron en un estado bastante bueno, después se inició una etapa de desforestación feroz en la zona y ese momento pudo ser el último para las hayas extremeñas.

miércoles, 27 de junio de 2012

ALEX SHIGO: EL PADRE DE LA ARBORICULTURA MODERNA.

Si la cara es el espejo del alma esta foto lo dice todo. (Foto propiedad de la familia Shigo).

Muchas veces lo más evidente no es lo más cierto, afortunadamente. Que el clarinetista de una banda de la U.S. Air Force durante la guerra de Korea pase más de 30 años como técnico del U.S. Forest Service del departamento de Agricultura con la misión de estudiar la pudrición de la madera, algo eminentemente práctico para la industria maderera, puede justificar en parte las reticencias de los investigadores académicos al uso. Si, además, ese personaje decide que su herramienta de trabajo va a ser la motosierra, a la que pone al nivel del microscopio, y trabaja bajo el lema “Toca los árboles”, diseccionando personalmente más de 30.000 árboles en las zonas de corta, mientras afirma con cierto desdén “si una investigación requiere un trabajo duro o ensuciarse, probablemente no se ha realizado aún”, es fácil imaginar que más de uno se sienta escocido, por muy doctor en fitopatología que sea el personaje.

Shigo en su laboratorio (Foto propiedad de la familia Shigo).

Uno de los libros que guardo en mi casa con mayor cariño es uno de Alex L. Shigo (Duquesne, Pennsylvania 1930-Durham, New Hampshire 2006). Tiene una edición muy cuidada pero su cubierta es bastante kitsch, con mucho dorado y grandes dibujos. Me recuerda a un libro religioso. Su interior está repleto de textos cortos acompañados de diagramas realizados la mayoría de ellos a mano y con una calidad artística que deja bastante que desear. Por último, se trata de una autoedición del autor con el curioso nombre de Shigo & Trees, Associates. En realidad cumple con todos los requisitos para ser un clásico libro de friki…si no fuera porque su contenido es asombroso. Un torrente de ciencia arbórea explicada casi para niños.


Todos esos años de trabajo de campo le permitieron ver que los árboles no son esas estructuras formadas mayoritariamente por madera muerta, de hecho, duda incluso de que se pueda hablar de madera muerta viendo su capacidad de reacción. Descubrió que los árboles ante una amenaza no son esos seres inermes que se pensaba sino que son capaces de generar barreras (obviamente no pueden correr, lo suyo es otro deporte). Surge así su archifamosa teoría de la compartimentalización de las pudriciones en los árboles (CODIT en sus siglas inglesas), base de la moderna arboricultura y publicada en 1975. Después vendrían descubrimientos de otros mecanismos de defensa como la unión tronco-rama.


Amante de la música y lector empedernido de biología, física, química, filosofía, etc. Siempre consideró que la química era la herramienta básica para profundizar en el conocimiento de la fisiología de los árboles y se lamentaba de que pocos colegas suyos tuvieran conocimientos sólidos en ella, de ahí su famosa su frase “los radicales libres no son personas que protestan”.


Su relación con la industria de la arboricultura no fue precisamente muy cordial. Reconocido como el gran maestro, sin embargo criticó con dureza lo que él llamaba la arboricultura del músculo, la conocida cirugía arbórea y sus técnicas (drenajes, masillas, limpiezas, etc.). Las empresas, pese a reconocer la validez de los criterios de Shigo, se negaban en buena medida a cambiar sus procedimientos por una elemental cuestión de rentabilidad económica: a mayor intervención, mayor factura. Shigo lo tenía claro: “no llame carnicero a los mutiladores de árboles, los carniceros son gente muy cualificada”.


Con el unánime reconocimiento mundial, más de 280 artículos científicos, varios libros imprescindibles y una ingente cantidad de material divulgativo, la muerte le sobrevino en un desafortunado accidente doméstico mientras trabajaba en su casa.

sábado, 19 de mayo de 2012

CLAUS MATTHECK: GENIO Y FIGURA.

Claus Mattheck en una imagen tomada de saveourwoods.co.uk.

Estamos ante uno de los personajes más sorprendentes que conozco (sólo por su obra, lamentablemente). Como sorprendente es que este físico teórico (Dresden, 1947), jefe del departamento de biomecánica del instituto de investigación de materiales de Karlsruhe, sea uno de los personajes más influyentes de la moderna arboricultura a nivel mundial.
Está claro que un científico que es capaz de convertir sus 60 conferencias anuales por todo el mundo en acontecimientos que terminan con gritos y ovaciones, como si de un concierto de rock se tratara, no es un científico usual. Como tampoco lo es que sea capaz de dibujar comics en los que Stupsi el erizo y Pauli el oso explican sus teorías. Sus excentricidades ayudan a crear esa imagen atípica, comenzando por su estética de roquero de los 70, permanentemente vestido de negro, con una chaqueta de piel de cabrilla y unas botas de cuero crudo hasta la rodilla, siempre por encima del pantalón, acompañado de ese peinado, que suele calificarse como “extraño”, junto a unas inseparables gafas de sol redondas. Su afición a las armas de gran calibre y al arco y las flechas, o a los perros de lucha de la raza Staffordshire-Bullterrier, no hace más que añadir leña al fuego, llegando a surgir leyendas urbanas en torno a su figura que recuerdan a las de los artistas de música heavy más estrafalarios de los 70.
No es de extrañar que durante dos años estuviera detenido en una prisión de la temible Stasi de la antigua República Democrática Alemana. Tras un intento fallido de fuga por el Báltico y tras escribir un trabajo conjunto con un ginecólogo compañero de celda, increíblemente sobre problemas de asfixia en bebés recién nacidos, las autoridades deciden deportarlo al oeste en 1978.
Pero afortunadamente Mattheck no es una estrella del rock. Es un científico muy competente y aplicado (“un motor detrás de esclavos” en palabras de un trabajador de su departamento), con más de 200 publicaciones científicas, 13 libros y 12 premios, entre los que se encuentra uno de los más prestigiosos de Europa: el Premio Alemán de Ecología (2003). Tiene, además, 13 patentes en aplicaciones tan distintas como los implantes de cadera y dentales, las lavadoras o la industria del automóvil.
Es una suerte que ese motor pudiera combinar la biónica con la arboricultura. Para él era algo elemental, ya que como dice “los árboles no son sólo entidades biológicas vivas, sino que son también estructuras mecánicas que soportan cargas”. Además le atraen dos hechos que enlazan con sus trabajos biomecánicos: los árboles hacen un uso económico de sus recursos y sólo son fuertes cuando es necesario. Esto le lleva a enunciar su famoso axioma de la carga uniforme, basado en el principio de que los árboles consumen energía para alcanzar una distribución homogénea de las cargas mecánicas. Por ello, no hay ningún punto débil, ni lugares de fallo predeterminados, así como tampoco hay lugares donde se gasten materiales superficialmente. Cuando este estado óptimo de distribución homogénea se rompe debido a un defecto interno (grietas, podredumbres, etc.), el árbol creará anillos de crecimiento más gruesos en esos puntos para restablecer la distribución homogénea. Este crecimiento es un síntoma de un defecto.
Esta es la base sobre la que se crea el Método VTA (Visual Tree Assessment), propuesto por Mattheck y Breloer y publicado en el libro “The body languages of trees” de 1994. Desde entonces este método, con algunos retoques, se ha convertido en uno de los instrumentos más utilizados por los técnicos arbóreos de todo el mundo. En palabras de Mattheck “permite distinguir árboles peligrosos de los aparentemente peligrosos”. Lógicamente su uso fundamental es la arboricultura urbana, de ahí el término árbol peligroso. Nuevamente las investigaciones de Mattheck conducen a una aplicación inmediata, algo que siempre le preocupa, ya que para él, tanto un ama de casa como un empresario contribuyen a pagar su sueldo y sus investigaciones, por lo que estas deben devolver algo que les pueda servir.
El VTA se basa en identificar los síntomas externos debidos a anomalías internas de la madera, algo que sólo es posible con experiencia y conocimiento de los procesos de crecimiento de cada especie, ya que son más de 100 los tipos de defectos que nos podemos encontrar en una valoración visual. En una primera fase se realiza una inspección visual de defectos y vitalidad, tras la que se realiza una confirmación de los defectos sospechosos, en la que se pueden emplear aparatos de fácil manejo para verificar resistencia a la penetración de la madera o la velocidad de impulsos sonoros, entre otros. El estudio finaliza con la evaluación de la resistencia (criterios de rotura), en la que juega un importante papel el flujo de fuerzas de la copa a las raíces.
El mayor fallo de este método, como es reconocido por el propio Mattheck, es que no es capaz de garantizar al 100 % la seguridad de un árbol. Ya que una rama sana, sin defectos y con poca carga puede desgajarse por causas naturales, como pueda ser una tormenta. Pero hay tan pocas cosas con una fiabilidad del 100 %...



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