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domingo, 15 de mayo de 2011

LA MADROÑA DE LOS BARRERONES. Castillo. Pinofranqueado, Cáceres (Spain).

Las permanentes malas condiciones de luz dificultan la fotografía.

La comarca de Las Hurdes guarda entre sus cerrados valles gran cantidad de pequeños tesoros que pasan fácilmente desapercibidos en la inmensidad de las repoblaciones de pinos que lo inundan todo. En el término de Pinofranqueado, junto a la alquería de El Castillo, el valle del arroyo de Guijarroblanco esconde uno de esos tesoros: La Madroña de los Barrerones (Arbutus unedo). Cuando a un madroño se le da género femenino hay que prepararse, por otro lado, el nombre del arroyo es un ejemplo más de ese característico toque de humor serrano, pues el susodicho guijarro es un tremendo bloque de cuarzo blanco que aflora en la cabecera del valle.

Encinar-madroñal que se observa desde la madroña. Las encinas con el color de los olivos.

No conozco otro lugar donde los madroños alcancen el desarrollo que podemos observar en esta comarca, donde son incontables los ejemplares arbóreos notables que superan los 10 m, así como las cepas gigantescas de varios pies. De hecho encina y madroño crean aquí unos espectaculares bosques en los barrancos más cerrados, allí donde el hombre penetra con dificultad. De todos ellos el más destacado es esta madroña, aunque no se puede descartar la existencia de otros ejemplares mayores (de hecho, hay datos de un ejemplar que debió superar a este y que es conocido en varias alquerías de la zona).

El pequeño regato de Los Barrerones.

Llegar hasta La Madroña es casi como un viaje en el tiempo, viaje que además se realiza salvando un considerable desnivel. Se inicia el camino al pie del río, donde aparecen huertos y edificaciones, para inmediatamente internarnos en un monótono pinar negral de repoblación que se salvó milagrosamente del terrible incendio de hace unos años y donde sólo unos pequeños enclavados con huertos de cerezos nos permiten distraer la mirada. El terreno se empina cada vez más hasta llegar a una zona pedregosa con pequeños bancales de piedras, donde se mantiene un tradicional castañar de frutos en unas condiciones muy difíciles, que nos hacen meditar sobre el tesón de estos agricultores jurdanos (¿merecerá la pena tanto esfuerzo para llevarse sólo las sobras de los jabalíes?). Pasado el castañar nos internamos, sin transición, en un oscuro bosque de encinas y madroños con algún enebro disperso, donde el ralo sotobosque está formado por musgos, helechos y algún brezo disperso y donde las pizarras afloran como cuchillas. Subiendo un poco, junto a un pequeño arroyo, se encuentra La Madroña, que pese a su avanzada edad y estado, sigue impresionándome en cada visita por su enorme y tortuoso tronco de 4,70 m de perímetro.



Un gran cimal se desplomó hace años dejando un gran hueco en el sector norte de su copa, que los vigorosos rebrotes basales van cerrando. Son precisamente estos rebrotes los que mantienen a este ejemplar, cuya copa se va reduciendo poco a poco como corresponde a un árbol anciano, su altura actual no supera los 8 m. Hace unos años una encina que crecía por encima en la empinada ladera cayó sobre ella y sus copas se trabaron, las raíces de la encina no pudieron aferrarla a la rocosa ladera, algo que nuestra madroña si ha conseguido gracias a unos potentes contrafuertes en la base del tronco y a unas grandes raíces.


4 comentarios:

  1. Cada vez que escribes acerca de estos ejemplares, pareces referirte a alguien de tu propia familia.
    Y en cierto modo puede decirse así, verdad?
    Un abrazo

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  2. Estaba pensando lo mismo... Vaya conocimiento milimétrico!!!

    Un saludo!

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  3. como siempre una invitación a visitar algunos de los rincones de nuestra geografía y sorprendernos con alguna joya,
    gracias....

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