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miércoles, 15 de diciembre de 2010

UN LENTISCO DE LOS DE ANTES: LA CHARNECA DEL CUQUIL. Casas de Don Pedro, Badajoz (Spain).


Charneca del Cuquil. Arroyo del Cuquil, Casas de Don Pedro (Badajoz)

El Lentisco o charneca (Pistacia lentiscus) es una de las especies con mayor representación en la cultura mediterránea desde tiempos remotos debido a sus múltiples propiedades. Todavía hoy día es muy apreciado el jugo resinoso que se extrae de su tronco, conocido como almáciga, que se utiliza como resina aromática en perfumería, como barniz, como cemento dentario para empastes e incluso como goma de mascar para mantener limpios los dientes. El aceite de sus semillas se usaba para lámparas, su madera era apreciada en ebanistería y también era apreciado en la antigüedad el vino de lentisco. Pero sólo los ejemplares de porte arbóreo soportan el “sangrado” para obtener esta resina, por lo que su uso ha quedado reducido hoy día a Asia Menor. Es una desgracia, pero sólo los bosques del litoral turco conservan suficientes ejemplares arbóreos de lentisco como para que se pueda plantear la explotación de la almáciga.

Cuando pienso en esos bosques turcos, me imagino cómo serían nuestros charnecales extremeños hace 3000 años. El aspecto actual de mata nos hace olvidar que hubo un tiempo en que esos matorrales altos fueron árboles. Yo imagino un bosque denso y oscuro donde las charnecas competían con encinas, labiérnagos y madroños por dominar el dosel arbóreo. Y para imaginarlo cuento con la ayuda de los escasísimos ejemplares de lentisco arbóreos de la región. Sólo un puñado y algunos ya desaparecidos como el de la carretera de Almaraz a Valdecañas de Tajo. Por suerte el mejor aún se conserva.


Gracias a Santiago González, hoy jubilado, pude dar con ella

Los llanos situados al norte de Casas de Don Pedro (Badajoz) se encuentran en la actualidad ocupados por olivares y pequeñas hojas de siembra. La cercana sierra de la Chimenea mantiene charnecales junto a repoblaciones de eucaliptos. En este gran llano con multitud de pistas y un paisaje agrícola muy uniforme es fácil desorientarse, como puedo afirmar con conocimiento de causa. Un pequeño arroyo, El arroyo del Cuquil, es nuestro objetivo, junto a él se encuentra la charneca monumental del Cuquil.

Es fácil que lo pasemos de largo al confundirlo con una encina, pero una mirada más sosegada delatará el verde característico del lentisco. Su situación actual en medio de una hoja de siembra puede inducirnos a error sobre su origen, pero en realidad esto es algo muy reciente, dado que hasta hace no muchos años la charneca se situaba en el lindero de dos propiedades y era utilizado como hito en un principio y como lugar de descanso con el transcurrir del tiempo. Hoy día las ovejas no hacen asco a las hojas de sus ramas bajeras, totalmente despreocupadas por la importancia del ejemplar y cuando aprieta el calor o el frío buscan refugio bajo su copa, que se muestra así generosamente abonada.

El árbol tiene unos 7 metros de altura y un diámetro de copa de 10 m. Su tronco se abre a los 2,5 metros en dos gruesos cimales, que se ramifican casi inmediatamente, formando una copa globosa, muy densa e intrincada, característica de esta especie. El perímetro del tronco a 1,30 metros del suelo es de 1,80 m. Tiene las oquedades y cicatrices propias de todo árbol que ha mantenido un contacto estrecho con aperos y herramientas

sábado, 11 de diciembre de 2010

LA AJEDREZADA DE BANDAS AMARILLAS: Pyrgus sidae (YELLOW-BANDED SKIPPER)



A veces las cosas minúsculas nos cuentan grandes historias, sólo hay que tener ganas de escucharlas. En unos pequeños prados, cuya superficie total apenas alcanza las 20 hectáreas, en la Sierra de Béjar (Salamanca y Cáceres), nos encontramos con una pequeña mariposilla que no será posible encontrar en otro punto de la Península Ibérica (en realidad existe otra cita aislada en la cercana Sierra de Gredos). Su población no debe superar los 2000 individuos si nos atenemos a los datos obtenidos por los investigadores que estudiaron la parte más densa de esta colonia (Hernández-Roldán, J., Munguira, M. y Martín, J., 2009), estimando para esa zona 569 individuos con un margen de error de 83. Sólo 2000 pequeñas mariposillas, encerradas literalmente en cuatro pequeños prados, es como no decir nada. Y, sin embargo, es mucho lo que nos cuenta esta colonia.

Pyrgus sidae fue descrita para la ciencia con ejemplares de la Rusia asiática y posteriormente se descubrió su presencia de manera muy aislada en la Península balcánica, la Península itálica y la Provenza, al margen de otras poblaciones en Asia central conectadas con las rusas. Esta distribución ofrecía un ejemplo de libro: una pequeña mariposa de hábitos muy sedentarios, que depende de una planta asociada a prados húmedos y bordes de turberas, cuyo origen es Asia central y que en Europa aparece de manera muy aislada asociada a los clásicos refugios de las pasadas glaciaciones, como son las penínsulas del sur de Europa (la población de la Provenza parece originarse por una posterior recolonización desde Italia). La historia parecía clara, ya había sido contada antes con otras especies. Pyrgus sidae se originó en Asia central y durante las últimas glaciaciones pudo ir desplazándose detrás de las Potentillas (su planta nutricia) hasta llegar a Europa, con continuas extinciones y recolonizaciones, expandiéndose en los períodos interglaciales y replegándose en los momentos más intensos de las glaciaciones. En Europa debió ocupar una amplia zona a juzgar por los restos de su población, pero lo más duro de las glaciaciones en primer lugar, seguido del establecimiento del actual clima mediterráneo, con un verano árido, debió acabar con la mayor parte de las poblaciones europeas, manteniéndose de manera aislada sólo aquellas situadas en zonas refugio en las ya citadas penínsulas. Llegamos así a la situación actual, con una población extensa en Asia central y varias poblaciones relictas aisladas en Europa. Por desgracia para ellas después de las glaciaciones no tuvieron que hacer frente sólo al clima mediterráneo, el Homo sapiens empezó a demostrar que tenía la misma capacidad destructiva que el casquete glaciar Finoescandinavo y a un ritmo mayor.

Pero faltaba la guinda para coronar un ejemplo tan bueno y a comienzo de los años 80 se descubre en el norte de Cáceres una pequeña colonia de esta especie, con lo que se completaba toda la ruta migratoria de la especie. Como en el caso de francesas e italianas, las mariposas españolas fueron descritas como una subespecie nueva (subsp. gargantoi). Era de esperar, pues se trata de las poblaciones que han permanecido más tiempo aisladas.

Fotografiar a las Pyrgus sidae no es fácil, son muy activas y están continuamente volando con ese vuelo rápido y a brincos que les da nombre en inglés (Skipper). Cuando por fin se posan, lo hacen en medio de una maraña de hierbas bajas y siempre habrá algunas hojas molestando. En este caso tuve la suerte de encontrar un ejemplar bebiendo en una zona con la vegetación despejada por una arroyada reciente. Me tumbé en el suelo junto a ella y esperé a que se girara para verle la cara, me gusta tomar la foto cuando entreabren las alas, para así poder ver los diseños de anverso y reverso.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

FACILITACIÓN: LA COOPERACIÓN EN LAS MONTAÑAS

Violetas de Sierra Nevada a 3400 m en el Mulhacén junto a Hormatophylla spinosa,
 su planta guardería.

Al pasear por las cuerdas, cimas o collados de la alta montaña es fácil percatarse, a poco que nos fijemos, de un fenómeno curioso que se observa aquí como en ningún otro sitio. En estos lugares, donde las condiciones ambientales son durísimas, las plantas no crecen aisladas o dispersas, más bien parece que se buscan unas a otras y crecen agrupadas en forma de pequeños parches de vegetación en un mar de suelo descarnado. La tradición de la ecología ha impuesto de tal modo el modelo de comunidades donde las especies compiten sin piedad, que las relaciones positivas son casi siempre subestimadas. Las plantas vecinas pueden competir, es cierto, pero también pueden proporcionarse beneficios. En las grandes altitudes la asociación positiva entre especies es cuatro veces mayor que la negativa, invirtiéndose este patrón en las zonas bajas. Parece que el aumento de las condiciones duras del medio, causantes de estrés en las plantas, aumenta la facilitación o cooperación entre ellas, la agregación parece que disminuye el impacto del medio. Lo más curioso es que dos especies pueden ser fuertes competidores en zonas bajas y ayudarse en zonas de altura.


 ¿Qué es lo que buscan las plantas al agruparse? En la alta montaña la fase de emergencia y establecimiento de una nueva planta es de una extrema dificultad, ya que estas pequeñas plantas deben enfrentarse desde el principio a una fuerte desecación del suelo, a fuertes congelaciones, a una fuerte insolación, a terrenos muy pobres en nutrientes, a daños físicos por viento y nieve, a predación por herbívoros, etc. Con todo este conjunto de dificultades es lógico que las plantas busquen ayuda para garantizar la supervivencia de sus descendientes. Tres son los objetivos que consiguen las plantas con esta cooperación. En primer lugar la protección, ya que la cobertura de otras plantas protege y sombrea a semillas y plántulas, reduce las pérdidas de agua, protege de temperaturas extremas, disminuye el efecto de los herbívoros y aumenta la resistencia frente a vientos, escorrentías y acumulación de nieve. Surgen así las famosas “plantas guardería” tan típicas de la vegetación de montaña. En segundo lugar, al agruparse las plantas consiguen reforzar sus reclamos frente a los escasos polinizadores de estas zonas. Por último, la agrupación favorece el incremento de los nutrientes en el suelo, bien sea por la fijación del nitrógeno, bien por la retención de partículas o por el aporte de sus propios restos orgánicos, llegándose a hablar también de “plantas despensa” en el caso de especies de crecimiento clonal, que al generar muchos restos crean condiciones más tolerables para el establecimiento de otras especies.

domingo, 5 de diciembre de 2010

EL ROBLE GRANDE DE LA SOLANA. Barrado, Cáceres (Spain).



Si la monumentalidad de un árbol se midiera solamente con la cinta métrica, está claro que el Roble Grande en Extremadura jugaría en la segunda división. Su edad no es tan avanzada como la de nuestros rebollos más notables y su biometría se aleja bastante de la de esos colosos, que deben ser con seguridad de los más destacados dentro de su especie (Quercus pyrenaica).




Sin embargo, la monumentalidad también se logra con imponderables. Este es un buen ejemplo. El Collado de la Paula en el monte de La Solana en Barrado (Cáceres) es un lugar de una gran belleza, encaramado como está sobre el valle de la Garganta del Obispo, a caballo entre el Valle del Jerte y La Vera. La ubicación también cuenta y hace que algunos ejemplares sean más conocidos y respetados. Como también lo hace la propia estructura del árbol, más allá de su belleza (y hay mucha en la tracería de su copa). El Roble Grande tiene para mí varias cosas que le hacen digno de ser reconocido como uno de los Árboles Singulares de Extremadura. En primer lugar un par de ramas de crecimiento  horizontal de hasta 17 m, que representan los límites físicos de la resistencia de la madera, un portento que tan sólo la encina es capaz de mostrarnos en estas latitudes. Su copa, además, está totalmente descompensada al tratarse de un árbol que crece al borde del bosque y no aislado, se ve claramente aquí la lucha que este ejemplar mantiene por la luz con sus vecinos. Esta copa tan descompensada y una inestable ubicación en ladera han obligado al árbol a desarrollar una fuerte inclinación en el tronco y una enorme base con anchos contrafuertes para permitir que las tensiones se transmitan lo más equilibradamente posible al suelo. Todo esto hace de este ejemplar un auténtico luchador, que nos enseña cómo los árboles también son capaces de ir respondiendo con su propia lógica a los cambios de su entorno y nos aleja la idea de fábricas de madera que muchas veces tenemos de ellos.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Hesperia comma


Para mí uno de los Hespéridos más bonitos. En Extremadura tan sólo vuela en el Sistema Central. Fotografiada  sobre Menta de burro (Mentha suaveolens) en la Sierra del Losar, La Vera (Cáceres) a unos 1000 m.

martes, 30 de noviembre de 2010

LA CUEVA DE BOQUIQUE: VETTONES, CARLISTAS Y BANDOLEROS.

Entrada principal de la Cueva de Boquique. Valcorchero, Plasencia (Cáceres).

La España del primer tercio del siglo XIX no tenía nada que envidiar al Far West americano, es cierto que no teníamos a Toro Sentado y sus sioux, pero tuvimos al general Soult y sus tropas imperiales. En esa época sangrienta surgen una serie de personajes de lo más novelesco. Es el caso de la cuadrilla de guerrilleros conocida como “Los muchachos de Santibáñez” formada casi exclusivamente por mozos de Santibáñez el Bajo (Cáceres) y capitaneada por los “Tres Migueles”. Durante la guerra contra los franceses, y pese al nombre de la banda, hicieron los que se esperaba de ellos: mucha audacia, mucho arrojo y mucho salvajismo. De tal modo, que los franceses temían como al demonio a los terrenos montañosos del norte cacereño. Eran unos héroes y como a tal se le prometió tierras para cada uno de los que formaban la partida una vez expulsados los invasores. Como en toda buena película que se precie las buenas promesas no se cumplieron y los muchachos se volvieron a echar al monte, esta vez para acabar con todo lo que oliera al régimen absolutista, que ellos indirectamente habían contribuido a establecer. Se une a la partida otro vecino de Santibáñez, don José Montero, el cura. La partida ahora cuenta con un ideólogo, el “Cura Moro”, y se dedica a dar golpes de efecto de gran resonancia tomando Ciudad Rodrigo y acabando con los más destacados hombres del régimen absolutista en Béjar y Hoyos. Tachados de bandoleros por unos y de anarquistas por otros, tras incluir también a los liberales entre sus objetivos, no tardaron en pasar de héroes a villanos. En 1821 los Muchachos se toparon con la horma de su zapato.

Vista superior del gran bolo que formó la cueva


Al fondo se abre una chimenea que comunica con el exterior. Allí pasé dos horas atrapado cuando era niño.

Don Mariano Ceferino del Pozo, vecino de Plasencia, era otro de esos personajes típicos de aquella época convulsa. Durante la guerra contra los franceses también encabezó una partida de guerrilleros de gran audacia y comenzó a ser conocido como “Boquique”. Finalizada la guerra mató el gusanillo acabando con varias partidas de bandoleros. Con la llegada del trienio liberal un monárquico acérrimo como él no pudo por menos que echarse al monte con su partida como voluntario realista. No debió ser muy molesto al poder pues asentó su campamento muy cerca de Plasencia en la cueva que lleva su nombre y allí permaneció tres años, hasta que cayeron los liberales. Sin embargo, el norte de Cáceres era un corral demasiado pequeño para tanto gallo y en 1821 el bueno de don Mariano acaba con la banda de “Los Muchachos de Santibáñez”. Tras la caída de la banda sigue una brutal represión que acaba con 111 vecinos de Santibáñez condenados, varios de ellos al garrote vil.




Don Mariano cuelga su escopeta durante unos años, pero en 1834 al estallar la primera guerra carlista se le vuelve a inflamar la vena, gracias esta vez a la ayuda de varios curas placentinos,  y bajo el lema Dios, Patria y Rey se trasladará con su partida otra vez a la cueva para apoyar la causa de Carlos V. Dado que don Mariano el carlista sí era molesto para el poder, su caída fue rápida. La noche del 5 de marzo de 1834 toda su partida es atrapada en la cueva y sometida a un inacabable proceso judicial. Nace entonces la leyenda del bandolero Boquique.


Según la leyenda el bandolero Boquique se ahorcó aquí antes de ser apresado.


La chimenea.

La Cueva de Boquique, situada en la dehesa de Valcorchero (Plasencia) es en realidad un gran abrigo formado tras el colapso de un gigantesco bloque de granito. Pese a las peripecias de don Mariano esta cueva es más conocida por la leyenda del bandolero y sobretodo por sus restos de cerámica, que dieron nombre a la llamada “Cerámica de Boquique”. Este tipo de cerámica, grosera y con incisiones punto y raya, caracterizó la cultura de los castros de la Meseta del período final de la Edad de Bronce.


Los restos de Cerámica de Boquique son fáciles de localizar.

lunes, 29 de noviembre de 2010

UNA DE TOROS: Pinguicula nevadensis


Pinguicula nevadensis. Los Lavaderos de la Reina, Sierra Nevada (Granada). 2600 m

Nadie me dijo que en Sierra Nevada necesitaría un capote de torero. La fotografía de flora habitualmente se considera una de las actividades de menor riesgo a la que puede someterse un fotógrafo, a la altura de la fotografía para catálogos de colchones. Esto, queridos amigos, no tiene porque ser cierto. No es necesario intentar fotografiar una Saussurea a más de 6000 m en el Himalaya o buscar una rara orquídea en tierra de caníbales para poner a prueba al fotógrafo de flora. Los idílicos borreguiles de Sierra Nevada pueden representar una potencial amenaza para nuestra salud.

Yo no sabía nada de eso cuando decidimos ir a fotografiar flora de borreguiles al espectacular paraje de Los Lavaderos de la Reina a más de 2.600 m de altitud. En la distancia el paisaje era impresionante, con un arroyo despeñándose entre prados salpicados de vaquitas. Conforme avanzábamos el paisaje se tornaba más hermoso si cabe y las vaquitas iban adquiriendo un preocupante aspecto toruno. Ya en el borreguil mis peores sospechas se hicieron realidad, aquellos prados eran los agostaderos de la ganadería brava que pasta a mayor altitud en España (unos auténticos toros de lidia con todos los beneficios que la altitud proporciona al deportista de élite). Ya antes había andado entre toros bravos, pero siempre había tenido una encina o una valla que me pudiera ayudar en caso de apuros. Completamente rodeados por esos bichos, que no paraban de mirarnos, decidimos ignorar los primeros endemismos nevadenses, tirarse al suelo entre tanto toro (alguno a menos de 20 m) me parecía una forma ridícula de suicidio y cada planta que iba dejando atrás era como una patada en las pantorrillas. Pasados los primeros momentos nos fuimos relajando y entramos en una zona con algunos bloques que podrían servir de refugio, había llegado el momento de fotografiar alguna de esas joyas exclusivas de esta sierra, realmente había centenares de Gentiana sierrae, Gentiana alpina, Pinguicula nevadensis y Plantago nivalis. El regreso lo hicimos por la cuerda para no tentar más la suerte y poder localizar otras especies.
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