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miércoles, 1 de diciembre de 2010

Hesperia comma


Para mí uno de los Hespéridos más bonitos. En Extremadura tan sólo vuela en el Sistema Central. Fotografiada  sobre Menta de burro (Mentha suaveolens) en la Sierra del Losar, La Vera (Cáceres) a unos 1000 m.

martes, 30 de noviembre de 2010

LA CUEVA DE BOQUIQUE: VETTONES, CARLISTAS Y BANDOLEROS.

Entrada principal de la Cueva de Boquique. Valcorchero, Plasencia (Cáceres).

La España del primer tercio del siglo XIX no tenía nada que envidiar al Far West americano, es cierto que no teníamos a Toro Sentado y sus sioux, pero tuvimos al general Soult y sus tropas imperiales. En esa época sangrienta surgen una serie de personajes de lo más novelesco. Es el caso de la cuadrilla de guerrilleros conocida como “Los muchachos de Santibáñez” formada casi exclusivamente por mozos de Santibáñez el Bajo (Cáceres) y capitaneada por los “Tres Migueles”. Durante la guerra contra los franceses, y pese al nombre de la banda, hicieron los que se esperaba de ellos: mucha audacia, mucho arrojo y mucho salvajismo. De tal modo, que los franceses temían como al demonio a los terrenos montañosos del norte cacereño. Eran unos héroes y como a tal se le prometió tierras para cada uno de los que formaban la partida una vez expulsados los invasores. Como en toda buena película que se precie las buenas promesas no se cumplieron y los muchachos se volvieron a echar al monte, esta vez para acabar con todo lo que oliera al régimen absolutista, que ellos indirectamente habían contribuido a establecer. Se une a la partida otro vecino de Santibáñez, don José Montero, el cura. La partida ahora cuenta con un ideólogo, el “Cura Moro”, y se dedica a dar golpes de efecto de gran resonancia tomando Ciudad Rodrigo y acabando con los más destacados hombres del régimen absolutista en Béjar y Hoyos. Tachados de bandoleros por unos y de anarquistas por otros, tras incluir también a los liberales entre sus objetivos, no tardaron en pasar de héroes a villanos. En 1821 los Muchachos se toparon con la horma de su zapato.

Vista superior del gran bolo que formó la cueva


Al fondo se abre una chimenea que comunica con el exterior. Allí pasé dos horas atrapado cuando era niño.

Don Mariano Ceferino del Pozo, vecino de Plasencia, era otro de esos personajes típicos de aquella época convulsa. Durante la guerra contra los franceses también encabezó una partida de guerrilleros de gran audacia y comenzó a ser conocido como “Boquique”. Finalizada la guerra mató el gusanillo acabando con varias partidas de bandoleros. Con la llegada del trienio liberal un monárquico acérrimo como él no pudo por menos que echarse al monte con su partida como voluntario realista. No debió ser muy molesto al poder pues asentó su campamento muy cerca de Plasencia en la cueva que lleva su nombre y allí permaneció tres años, hasta que cayeron los liberales. Sin embargo, el norte de Cáceres era un corral demasiado pequeño para tanto gallo y en 1821 el bueno de don Mariano acaba con la banda de “Los Muchachos de Santibáñez”. Tras la caída de la banda sigue una brutal represión que acaba con 111 vecinos de Santibáñez condenados, varios de ellos al garrote vil.




Don Mariano cuelga su escopeta durante unos años, pero en 1834 al estallar la primera guerra carlista se le vuelve a inflamar la vena, gracias esta vez a la ayuda de varios curas placentinos,  y bajo el lema Dios, Patria y Rey se trasladará con su partida otra vez a la cueva para apoyar la causa de Carlos V. Dado que don Mariano el carlista sí era molesto para el poder, su caída fue rápida. La noche del 5 de marzo de 1834 toda su partida es atrapada en la cueva y sometida a un inacabable proceso judicial. Nace entonces la leyenda del bandolero Boquique.


Según la leyenda el bandolero Boquique se ahorcó aquí antes de ser apresado.


La chimenea.

La Cueva de Boquique, situada en la dehesa de Valcorchero (Plasencia) es en realidad un gran abrigo formado tras el colapso de un gigantesco bloque de granito. Pese a las peripecias de don Mariano esta cueva es más conocida por la leyenda del bandolero y sobretodo por sus restos de cerámica, que dieron nombre a la llamada “Cerámica de Boquique”. Este tipo de cerámica, grosera y con incisiones punto y raya, caracterizó la cultura de los castros de la Meseta del período final de la Edad de Bronce.


Los restos de Cerámica de Boquique son fáciles de localizar.

lunes, 29 de noviembre de 2010

UNA DE TOROS: Pinguicula nevadensis


Pinguicula nevadensis. Los Lavaderos de la Reina, Sierra Nevada (Granada). 2600 m

Nadie me dijo que en Sierra Nevada necesitaría un capote de torero. La fotografía de flora habitualmente se considera una de las actividades de menor riesgo a la que puede someterse un fotógrafo, a la altura de la fotografía para catálogos de colchones. Esto, queridos amigos, no tiene porque ser cierto. No es necesario intentar fotografiar una Saussurea a más de 6000 m en el Himalaya o buscar una rara orquídea en tierra de caníbales para poner a prueba al fotógrafo de flora. Los idílicos borreguiles de Sierra Nevada pueden representar una potencial amenaza para nuestra salud.

Yo no sabía nada de eso cuando decidimos ir a fotografiar flora de borreguiles al espectacular paraje de Los Lavaderos de la Reina a más de 2.600 m de altitud. En la distancia el paisaje era impresionante, con un arroyo despeñándose entre prados salpicados de vaquitas. Conforme avanzábamos el paisaje se tornaba más hermoso si cabe y las vaquitas iban adquiriendo un preocupante aspecto toruno. Ya en el borreguil mis peores sospechas se hicieron realidad, aquellos prados eran los agostaderos de la ganadería brava que pasta a mayor altitud en España (unos auténticos toros de lidia con todos los beneficios que la altitud proporciona al deportista de élite). Ya antes había andado entre toros bravos, pero siempre había tenido una encina o una valla que me pudiera ayudar en caso de apuros. Completamente rodeados por esos bichos, que no paraban de mirarnos, decidimos ignorar los primeros endemismos nevadenses, tirarse al suelo entre tanto toro (alguno a menos de 20 m) me parecía una forma ridícula de suicidio y cada planta que iba dejando atrás era como una patada en las pantorrillas. Pasados los primeros momentos nos fuimos relajando y entramos en una zona con algunos bloques que podrían servir de refugio, había llegado el momento de fotografiar alguna de esas joyas exclusivas de esta sierra, realmente había centenares de Gentiana sierrae, Gentiana alpina, Pinguicula nevadensis y Plantago nivalis. El regreso lo hicimos por la cuerda para no tentar más la suerte y poder localizar otras especies.

sábado, 27 de noviembre de 2010

LA LIBÉLULA TRANQUILA. Paragomphus genei



No debe hacer mucho tiempo de la llegada de esta especie a Extremadura procedente del norte de África. A comienzos de los años 80 del pasado siglo su presencia no se detectó en ninguno de los trabajos sobre distribución de odonatos realizados en la provincia de Cáceres. Es cierto que es una especie que puede pasar desapercibida por su modo de vida, pero hoy día no es complicado localizarla en Extremadura.


Paragomphus genei para mí es una de nuestras libélulas más bellas, la combinación de tonos verdosos, arenosos y melados le separa de lo habitual en nuestra fauna. Por otra parte, sus ojos separados (rasgo típico de su familia) le dan una expresión menos inhumana, si se puede decir esto de una libélula. Sus alas cortas no le permiten ser una buena voladora (comparado con sus parientes) pero le facilitan sus revoloteos entre el matorral. Precisamente entre el matorral es donde deberemos buscarla, ya que podemos pasar un día entero junto a la charca donde se reproducen sin ver ninguna, mientras que a unos 50 m de la charca entre las jaras, bulle una abundante población de la especie. Aunque es una especie tranquila que permite nuestra aproximación no es fácil de fotografiar porque siempre hay una maraña de matorral a su alrededor. Tendremos que armarnos de paciencia y esperar a que se pose en una ramita aislada para poder fotografiarla. Incluso así habrá que tener cuidado con no sobreexponer el posadero, como me ocurrió a mí.

Este ejemplar pertenece a una colonia de la comarca de La Vera (Cáceres).

jueves, 25 de noviembre de 2010

EL CASTAÑO DE LA ESCARPIA. MORIR DE PURO VIEJO. Casas del Monte, Cáceres (Spain).



En muy pocas ocasiones nos está permitido contemplar uno de los procesos más conmovedores que hay en la Naturaleza, como es la muerte de un árbol de puro viejo. Hoy día son pocos los árboles que llegan a viejo, lo más normal es que antes sean apeados por el hombre, que tradicionalmente los ha considerado un estorbo. Este proceso, que se puede prolongar durante varias décadas, es un ejemplo maravilloso de eficiencia y lógica.

Los árboles tienen varias fases de desarrollo, en las primeras su único objetivo es crecer, la fase expansiva se va ralentizado con los años y culmina con el momento de máximo esplendor del árbol, la madurez. A partir de aquí, el árbol ya no crecerá más y se irá recogiendo poco a poco sobre sí mismo. En las etapas que podemos considerar de senescencia, como la del castaño de la foto, el árbol comienza a eliminar sus estructuras más externas y a emitir brotes en el interior de la copa, cada vez más cerca del tronco. A este fenómeno se le conoce como bajada de copa y es un síntoma claro de la vejez de un árbol. Mientras que estos reiterados que surgen de la base del tronco y del interior de la copa se comportan como ramas juveniles con grandes crecimientos, los extremos de la copa comienzan a producir complejos mínimos, que son ramillas minúsculas que se ramifican mucho sin llegar a producir un verdadero crecimiento (se aprecia muy bien en las ramas más bajas de la izquierda de la foto). Ahora el árbol sólo conserva parte del tronco y algunas ramas principales, su tronco hueco ha comenzado a desmoronarse y el colapso y el fin parecen cerca. Si observamos en el interior podremos ver cómo algunas raíces son emitidas por el tronco dentro del árbol y aprovechan sus propios restos descompuestos, literalmente el árbol se autodigiere. Con este acto en realidad lo que está haciendo es favorecer el desarrollo de los rebrotes basales, que competirán entre ellos a expensas de los restos del cada vez más deteriorado árbol. Con suerte, uno de ellos llegará a formar un nuevo árbol y el ciclo se volverá a repetir.


Aunque virtualmente muchos árboles son inmortales, en realidad son tantos los factores negativos que tienen que sortear que muy pocos llegan a adulto y muchísimos menos alcanzan edades centenarias, pensemos en la cantidad de tormentas, incendios, sequías, leñadores, etc. que habrán tenido que soportar esos contadísimos individuos varias veces centenarios que aún quedan en nuestros campos. En realidad es un milagro que hayan podido llegar a esas edades.

El árbol de la foto es el Castaño de la Escarpia de Casas del Monte (Cáceres), uno de los árboles que más aprecio y  visito. Estoy deseando poder llevar a mi hija junto a él.

martes, 23 de noviembre de 2010

lunes, 22 de noviembre de 2010

Pinguicula vallisnerifolia


Pinguicula vallisnerifolia. Travertino en Guadahornillo (Cazorla), 1500 m

Los ecólogos andaluces deben ser muy buenos, y por eso los dioses les regalaron la Pinguicula vallisnerifolia. Una planta carnívora, como es el caso de este bellísimo endemismo bético, tiene para estos estudiosos muchas ventajas, ya que a las relaciones habituales de herbivoría, polinización, dispersión, parasitación, competencia, etc. añaden las de predación. Pues bien, la susodicha Pinguicula vallisnerifolia además de todo esto es capaz, en virtud del hábitat en el que le toque desarrollarse, de duplicar todas esas relaciones. Tenemos así polinizadores, parásitos, competidores, presas, etc. propios de zonas soleadas y otros tantos distintos de zonas umbrosas (y ya para rizar el rizo, uno de sus parásitos es la endémica Lagartija de Valverde, que le roba sus presas). Pero no acaban aquí las cosas, los dioses saben ser generosos, pues esta planta es capaz de reproducirse sexualmente con ayuda de polinizadores (aunque sus flores son autocompatibles no suele haber autopolinización) y es capaz también de dos formas distintas de reproducción vegetativa (estolones en verano y yemas axilares en otoño) y finalizando este arsenal, al contrario que el resto de las Pinguicula, produce dos tipos de hojas glandulares durante el crecimiento, unas de primavera ovaladas, similares a las de otras especies del género, y otras en verano de hasta 30 cm de longitud que son auténticas “cintas atrapamoscas”. Este regalo ha sido bien aprovechado y esta planta debe ser de las más estudiadas en España con numerosas publicaciones en las revistas de mayor prestigio a nivel internacional.


Por desgracia, tal y como va la cuestión climática, esta es una de esas especies que irremisiblemente lo van a pasar muy, muy mal. Encontrar zonas rezumantes durante todo el año en nuestros ambientes mediterráneos, incluso en las montañas, es cada día más complicado. Nuestra protagonista se encuentra así ante dos callejones sin salida: vivir en zonas menos húmedas donde sus poblaciones se reproducen de manera vegetativa debilitándose progresivamente o refugiarse en los cada vez más escasos y congestionados puntos húmedos, donde es desplazada por todas las plantas que allí acuden.
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